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(Español) La casa de Dolores Olmedo en Acapulco

(Español) La casa de Dolores Olmedo en Acapulco

MÉXICO, D.F. (apro).- Acaba de anunciarse que la casa de Acapulco de Dolores Olmedo, mecenas de Diego Rivera, y en la que éste pasó sus dos últimos años para enfrentar un cáncer, fue adquirida en partes iguales por el empresario Carlos Slim, el gobierno del estado de Guerrero y el Conaculta, para hacer el Museo de la Memoria Colectiva, que se inaugurará en 2013.

El monto ascendió a casi 40 millones de pesos.

Hacia 1986 la casa estuvo en proceso de remodelación del estudio de Diego Rivera para abrirlo al público en el centenario del nacimiento del muralista como centro cultural y biblioteca para niños, proyecto que no se concluyó. En ella Rivera decoró 108 m2 de techo con mosaico, y desarrolló en el muro frontal de la propiedad una esculto-pintura de 100 m2 donde representó a los dioses Exekatl, Tláloc, Quetzalcóatl y Coatlicue. Puso además la inscripción Exekatl Kali, por lo cual a la residencia se le conoce como “Casa del Viento”.

En realidad el gran mural del frente, dividido por la reja de entrada, son dos muros: uno, el de la izquierda, mide 12.70 m. de largo, y otro el de la derecha, de 20, más unas inscripciones en 2.35 m., que dicen: Exekatl Kali (Casa del Dios del Viento), Tlalokan; en azul, vertical y paralelamente, Dolores Olmedo, Diego Rivera y los números romanos LVI.

A la izquierda, una gran serpiente, Quetzalcóatl, cuya cola de plumas asciende como un remate florido, al lado de El sapo-Rivera que ofrece su corazón encendido a la dueña de la casa”, explica Lola Olmedo. Está también un coyote, Xolotl, “el hermano gemelo de Quetzalcóatl”.

A la derecha el enorme Tláloc, acompañado de la Coatlicue.

Ahí visitaron a Rivera en 1956 personajes como el general Lázaro Cárdenas, el criminalista Alfonso Quiroz Cuarón, el actor estadunidense Yul Bryner y el abogado del expresidente estadunidense Dwight D. Einsenhower, Barney Hodes.

En la casona, enclavada en la cima del cerro de La Pinzona, “en el viejo Acapulco de los mexicanos”, según relató a Proceso la señora Olmedo en marzo de 1986 –cuando se supo que remodelaba el lugar–, Diego Rivera pintó 25 puestas de sol en 1956, que expuso en su última muestra, Colores en el mar, el cielo y la tierra.

Entrevistada por el semanario Proceso sobre esas puestas (desde la habitación del artista en La Pinzona se domina, a la izquierda, la espléndida bahía de Acapulco, de frente el mar abierto y a la derecha Pie de la Cuesta y La Quebrada), la crítica de arte Raquel Tibol expuso:

“Diego tenía una paleta de Gaughin, una paleta fauvista. El fauvismo, al romper con el impresionismo, deja la paleta naturalista (aunque Gaughin está en la naturaleza, está en Tahití), es decir, la irrita, la violenta, en lo que era el color rabioso. Diego no hace una copia de la naturaleza, sino que al pintar extremos contrastados, sin separarse de la naturaleza, agrega la imaginación.”

De esas pinturas Dolores (Lola) Olmedo adquirió 20, expuestas en el Museo Dolores Olmedo de Tepepan, Distrito Federal, donde vivió. Al enseñar la habitación tras el cristal donde Rivera realizó esas obras de óleo-témporas sobre masonite (en sus apenas 40.3 x 28.2 cm. de cada cuadro está todo el cielo y todo el mar vespertinos), dijo conmovida:

“Siento mucha tristeza al recordar al maestro. Aquí pasó una época feliz con algunos de sus amigos y aquí preparó, luego de su viaje a la Unión Soviética, su última exposición. Después de que murió, en 1957, no me volví a parar por aquí en doce años, no podía soportarlo.”

En esta casa pintó además a la señora de Beteta, a los hijos de la misma Olmedo (como en el célebre La hamaca, donde están su hija Irene y una amiga), los cuadros de los niños soviéticos, de Praga, de Bratislava, de Cracovia…

Ella compró la Quinta Brisa de Acapulco (enfrente de las playas de Caleta y Caletilla) en 1948 y recordó en aquella entrevista que Rivera fue a residir a La Pinzona de una manera peculiar: “No lo invité, él se autoinvitó”. Llegó acompañado de su esposa Emma Huurtado, su hija Ruth, su enfermera Judy Ferrato y su secretaria Teresa Proenza. Olmedo lo visitaba cada semana, pero luego partió un año a Europa a ver a su hijo Alfredo Phillips, hoy al frente del Fideicomiso Diego Rivera y Frida Kahlo.

“Diego –refirió– viajó en mayo de ese año a México, para ver al doctor Montaño, quien lo trataba del cáncer que le había detectado el doctor Ignacio Millán. Ya por esta época había cobalto en México. El pintor se dedicó a preparar la que sería su exposición postrera, que montó hacia octubre en la galería que llevaba su nombre (Ignacio Mariscal y Mariano Arista) en la Ciudad de México, propiedad de Emma Hurtado.

“Diego escribió desde Europa la carta citada, y anunció misteriosamente el obsequio del decorado en el estudio así: ‘El le va a escribir a usted algo que va a quedar grabado por los siglos’.”

La carta a Lola Olmedo está representada en el techo del estudio con la paloma y la hoz y el martillo, que es “la tierra de la paz” (URSS); está un avión, peces, el sapo (símbolo del mismo Diego) y el corazón, que es Olmedo, con cuatro estrellas, sus hijos.

El mosaico de piedras de colores mide 6.48 por 10.20 m. Es el remate del estudio, y por estar cubierto no ha sufrido deterioro alguno a pesar de que el edificio rectangular no tiene muros. Rivera lo diseñó para cubrirse con cristales, pero la altura va más allá de los cuatro metros.

“No hay cristales de ese tamaño –expresó Lola Olmedo–, lo que pasa es que el maestro quería que todo lo que pensaba se debería de hacer. Voy a poner en cada uno de los cuatro lados un muro de unos 2 metros, y en las partes altas grandes cristales. Cuando esté terminado –y se está haciendo fielmente, como él lo diseñó– a ver si pongo algunas reproducciones de sus obras y hacemos algo, tal vez una biblioteca infantil.”

El estudio, asentado en un alto segundo piso, tiene una escalera circular externa y una interna que conduce a habitaciones de abajo, donde hay dos terrazas: las cornisas de ellas son también murales de piedras de colores: uno, de 10.52 por 1m., con una serpiente, y otro, de 7 por 3.30 donde representó el símbolo náhuatl del movimiento junto a una mano. Además, el techo del entrante al baño, en el estudio, también está decorado y mide 1.84 por 5.36 m.

Desde la calle empinada, por encima del gran mural esculto-pictórico, se aprecia el mosaicado de los techos.

En noviembre de 1958, Carlos Pellicer evocó aquí a Diego Rivera, a un año de su muerte, en un poema:

En esta Casa del Viento
los ojos son más grandes que los oídos,
que bajan por la escalera que conduce al mar,
y sin decir palabra nos están diciendo
que aquí vivió una vez la mano
que entre el agua y la tierra y el aire
y el fuego,
se puso a pintar

Proceso.com

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